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El 11 de marzo de 1973 marcó el fin de un largo proceso de proscripción y persecución al peronismo.

Por Marcelo Koenig
Ex diputado. Secretario General de la Corriente Peronista Descamisados


En este marzo que recordamos con una inmensa movilización los 50 años del golpe cívico militar más cruel de la historia argentina, es bueno recordar también otros sucesos, como aquella victoria del Tío Cámpora o la sanción de la constitución de 1949, cuando el pueblo fue feliz.

Hacer historia es pensar lo que fuimos para entender lo que somos y proyectar lo que queremos ser. Es recoger las botellas de náufrago arrojadas al mar por ese pueblo que las recupera en su memoria, como decía el gran Marechal. 

Para la memoria histórica del peronismo, el 11 de marzo es una fecha particularmente agitada. Son muchas cosas que atesora nuestra memoria cifradas en ese día. 

La primera, acaso la más olvidada, fue que el 11 de marzo de 1949 se sancionó el instrumento constitucional más avanzado que tuvo la nación argentina en toda su historia: la constitución de 1949

Realmente la constitución de 1949 es una constitución desaparecida. Desaparecida de la enseñanza universitaria; desaparecida del debate jurídico; desaparecida del proceso de formación política; desparecida -lo que es más grave- del debate político. No estamos hablando acá de la negación que hacen de esta constitución los liberales, que solo se refieren a ella como una reforma mal habida, mal convocada, cuyo único objetivo era la reelección de Perón. Comprendemos que, desde la concepción reaccionaria, esta constitución haya que negarla. Aunque es claro que se equivocan adrede en cada una de estas cuestiones que le endilgan. 

Si el problema hubiese sido la reelección, alcanzaba con derogar el artículo 78 que la habilitaba. Y respecto a la convocatoria, si se estudian todos los casos anteriores de reforma, 1860, 1866 y 1898, todas tuvieron convocatorias que, si se le aplican los mismos criterios, se hacen dudosas. Ni hablar la convocatoria de la convención constituyente de 1957, que fue hecha por una dictadura militar. 

Sin embargo, lo más difícil de entender es por qué muchos de aquellos que se dicen peronistas tampoco hablan de la constitución de 1949. Y esto tiene que ver con la pérdida de sustancia doctrinaria del peronismo en tiempos recientes. Para prueba, basta un botón: durante el gobierno peronista de Cristina Kirchner se hizo la bellísima reja perimetral del Congreso de la Nación. Embellecida con los escudos de cada una de las provincias que integran la Patria, la reja tiene una parte donde figura la fecha de sanción de la Constitución Nacional y todas sus reformas. Todas no. Falta la de 1949. Todo un símbolo. 

Cuando desde el peronismo se habla de esa constitución, únicamente se hace referencia a los derechos sociales, encuadrándola anodinamente en el constitucionalismo social cuyo precursor fue la constitución mexicana de 1917, seguida por la constitución alemana de Weimar de 1919. Pero el instituto que la Convención Constituyente, presidida por el gobernador Mercante, nos entregó el 11 de marzo de 1949 es mucho más que eso. Es cierto que enumera derechos sociales, la incorporación con rango constitucional del decálogo de los derechos del trabajador contrasta absolutamente con la reforma de precarización laboral que acaba de aprobar el congreso de Milei con complicidad de algunos peronistas con peluca. 

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16 de marzo de 1949: Perón jura la nueva Constitución.

"El pueblo en la calle, movilizado, con alegría, con dientes apretados, pero con un proyecto de liberación, logró aquel 11 de marzo demostrar que, una vez más, el peronismo siempre vuelve. Hagan lo que hagan sus enemigos".
Pero lo fundamental de esa Constitución de 1949 hay que encontrarlo en el capítulo IV que se titula: la función social de la propiedad, el capital y la actividad económica. Son solo tres artículos (recomendamos su lectura) donde define claramente la concepción justicialista del rol del Estado en la economía, de cómo interactúa con la iniciativa privada y, sobre todo, aborda la clave -a través del control nacional de comercio exterior- de cómo se va a financiar la reconversión de la matriz productiva. Para dejar de ser una Argentina pastoril donde una oligarquía vive tirando manteca al techo y las mayorías en la peor de las miserias (el modelo que añora Milei, pero con hegemonía en el capital financiero), rumbo a una Argentina industrial pero que (a diferencia de lo que concibe el desarrollismo) los trabajadores vivan en condiciones humanas, con salarios dignos y derechos que los resguardan de la asimetría con las patronales. 

El otro 11 de marzo, es el fin de la larga proscripción y persecución del peronismo. La sangrienta dictadura instalada en 1955, producto de bombardeos a civiles hechos por la aviación naval en junio, que se consolidó con los fusilamientos hechos en José León Suarez y otros lugares en junio de 1956, determinó la proscripción de Perón y del peronismo que se prolongó en el tiempo hasta 1973. El peronismo no podía decidir sus propios candidatos, ni usar el nombre de su partido histórico, el partido peronista, porque estaba prohibido. Pero el pueblo peronista abrazó una extendida e inclaudicable resistencia que consiguió un milagro que refutaba la leyenda que los conductores del movimiento nacional debían morir en el exilio. Así había pasado con San Martín y con Rosas. Era una condena explícita, que en el caso de Rosas había escrito el poeta liberal José Mármol: “ni el polvo de tus huesos la América tendrá”. En sucesivas oleadas, los trabajadores organizados, los jóvenes militantes, fueron dando pelea para revertir esa maldición. Y sin prisa, pero sin pausa lograron su objetivo. Por esa lucha comprometida y constante un 17 de noviembre de 1972, el general Perón, el conductor, volvió a pisar el suelo de la Patria.

El general de la oligarquía, Alejandro Agustín Lanusse, en un sistema electoral enmarañado habilitó las primeras elecciones no proscriptivas desde 1954. Había sí, escondida abajo del poncho algunas artimañas: una fecha tope, que si alguien (obviamente estaba dirigida a Perón) no estaba en el país no podía ser candidato y la otra trampa -que pergeñó con la ayuda de constitucionalistas radicales- fue la implementación en nuestro país por primera vez de ballotage, convencido de que el peronismo tenía una mayoría relativa y que todo el antiperonismo junto le podía ganar en una segunda vuelta. Esa misma lógica institucional fue implementada con rango constitucional en la reforma de 1994 y fue parte central del Pacto de Olivos entre Menem y Alfonsín. 

Pero en aquel 11 de marzo de 1973 esos diques de contención no sirvieron. La fórmula Cámpora-Solano Lima, se impuso con el 49,5% de los votos. Y si bien hubiera correspondido un ballotage, estaba tan cerca de alcanzar la mayoría que el candidato de la Dictadura, el caballo del comisario, Ricardo Balbín, se bajó para no pasar otra vez un papelón. 

El pueblo en la calle, movilizado, con alegría, con dientes apretados, pero con un proyecto de liberación, logró aquel 11 de marzo demostrar que, una vez más, el peronismo siempre vuelve. Hagan lo que hagan sus enemigos. 

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Miguel Ragone, el único gobernador desaparecido en la última Dictadura cívico-militar.

El último 11 de marzo que vamos a recordar no ese de una memoria tan grata como los anteriores. Pero también es parte de nuestra historia. Estamos hablando de la desaparición de Miguel Ragone, el único gobernador desaparecido en los prolegómenos de la última dictadura cívico-militar

Ragone, militante de la resistencia peronista, había nacido en una familia muy humilde en Tucumán, pero se afincó en Salta. En 1973 había ganado la gobernación salteña con contundencia. Su alineamiento con la tendencia revolucionaria del peronismo le supo ganar enemigos afuera y adentro del peronismo. El 11 de marzo de 1976, apenas unos días antes del golpe de Estado genocida del general Videla, Ragone es secuestrado por la Triple A. Para ese entonces, esta fuerza parapolicial era operada directamente por los grupos de tareas de las Fuerzas Armadas, como lo denunció oportunamente Walsh. Recordemos que su fundador y mentor, el nefasto José López Rega, había huido del país en 1975 después de una serie de movilizaciones obreras que pedían su cabeza.

Miguel Ragone fue secuestrado al salir de su domicilio, cuando se dirigía al trabajo. A la mañana temprano fue interceptado en su Peugeot 504, poco después de dejar su casa. Los captores abordaron su automóvil, lo inmovilizaron y luego, desvanecido, lo metieron por la fuerza en el baúl de un Falcon. En un intento por eliminar a los testigos, los captores balearon a Margarita de Leal, una transeúnte, que sobrevivió, y a Santiago Arredes, un vecino, que murió. 

Esa fue la última vez que Ragone fue visto. Su auto fue abandonado en Cerrillos, 16 kilómetros al sur de la ciudad de Salta. Se sospecha que sus restos se encuentran en algún lugar del Valle de Lerma, posiblemente en el dique Cabra Corral, donde se ha colocado una placa en su memoria y la de otros detenidos desaparecidos.

En este marzo que vamos a recordar con una inmensa movilización los 50 años del inicio del golpe cívico militar más cruel de la historia argentina, que se llevó a 30.000 compañeros y compañeras, es bueno también recordar que hubo otros sucesos de marzo, como aquella victoria del Tío Cámpora, o aquella sanción de la constitución de 1949, donde el pueblo fue feliz.